Una ficción mercantilizada de sociabilidad

Luis de la Cruz ha escrito un espléndido post en la página web Madrid me mata. Me gusta especialmente el subtítulo: el capitalismo que nos toca interiorizar. “Es cada vez más habitual acudir a brunchs, inauguraciones de exposiciones, o eventos publicitarios disfrazados de concierto. También proliferan por doquier rutas, que se confrontan con el paseo porque ordenan las postas del itinerario de antemano: Noche en Blanco (y sucedáneos), rutas de la tapa, paseos históricos, etcétera.

Esta cultura del evento crea una ficción mercantilizada de la sociabilidad. Los eventos y las rutas son evanescentes y temporales, frente a los lugares de sociabilidad vecinal ajenos a lo mercantil (el centro social, la escuela, la huerta, el club, el hogar del jubilado…), que proporcionan sedimento sobre el que se asienta el tejido vecinal. Propician los lazos débiles y el individualismo frente a los lazos comunitarios robustos.

Muchos de los protagonistas de este juego de mercadeo cultural son las llamadas clases creativas, que tan de moda está citar en los abundantes artículos sobre gentrificación de los medios más modernos. Clases medias urbanas, caracterizadas como profesionales liberales de mediana edad, que a menudo se corresponden con la también muy de moda figura del hipster.

Aún sin ser del todo falso, el retrato obvia, no ya la precaria situación en la que viven muchos de estos autónomos, con parafernalia de clase media alta e ingresos de pueblo llano, sino el trabajo devaluado en servicios de algunos de los portadores de un aura más decididamente hipster. Los camareros de los bares hípsters de Malasaña, los peluqueros de las peluquerías anticuario de Chueca, o las monitoras de los carísimos gimnasios escaparate, se ven abocados a vestir y a participar de la vida del hipster. No sé si son hipsters pero se le parecen.

Es la naturaleza de sus trabajos, en gran medida, la que fuerza a estas personas a participar de esta lógica aparentemente sociable y festiva del evento. Tanto los de mayores ingresos como –en mayor medida- los que cuentan con empleos precarios, precisan de una constante renovación de su presencia pública y de una nutrida red de contactos. El networking con cervezas, o las presentaciones culturales, son los lugares en los que pueden encontrar su próximo trabajo. Los espacios de trabajo compartido (coworking) aseguran algo más que una mesa donde aposentar una taza molona: sirven de lugar de contacto laboral. Sinergias, lo llamarán. Lo mismo sucede con los camareros, que tienen una amplia red de apoyo mutuo e información de ofertas de empleo tras las barras de los locales en los que trabajan provisionalmente.

El centro urbano es, cada vez más, un lugar para comprar ropa u ocio, sí, pero también el mercado de carne de las llamadas clases creativas. Éstas carecen de oficina y jornada laboral fija, lo que lleva a que su actividad se extienda a los momentos de ocio y a la calle, a la que llevan una versión glamourosa y relajada de las típicas luchas de poder del entorno laboral. Así, el peloteo, el aparentar, o el trepismo, al que los trabajadores de oficina se ven abocados en distintas dosis, se transforma en el nuevo centro urbano en algo que define el carácter hipster: el postureo”. Recomiendo leer el texto completo.

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